Patrick Suarez

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La juventud neoyorquina se hace visible en la ocupación de Wall Street


Hasta ahora Estados Unidos era un gigante dormido, pero lo que viene ocurriendo recientemente en sus calles es señal de que el país puede estar despertando. La Primavera Árabe, las atrocidades en Siria y Bahrein, los disturbios en las ciudades francesas y en Londres, los desastres económicos en Grecia y otros países del sur de Europa, las amenazas a la Eurozona; y las sangrientas guerras en Afganistán e Irak, todavía activas… los estadounidenses han sido testigos de todo esto en sus casas, por la tele. Cada persona, cada familia, en aparente aislamiento de los demás.

Pero ya no. Ahora todo el mundo sabe que el salario real de la clase media estadounidense no ha aumentado en los últimos treinta años; que los pobres son cada vez más pobres y que el nivel de pobreza en el país está en niveles históricos; que los demócratas y los republicanos están en manos de quienes se han hecho extremadamente ricos en las últimas tres décadas, paralizando el sistema político con lo que se conoce en los EEUU como “intereses políticos especiales”.

Más allá de esto, la gran recesión está teniendo efectos especialmente crueles sobre la juventud estadounidense. Los jóvenes del país tienen un futuro laboral incierto, incluso si han sido suficientemente afortunados para tener una educación digna. El precio de la educación se ha elevado a tal punto que los jóvenes apenas pueden pagar las deudas que se ven obligados a contraer para poder estudiar. A esto hay que sumarle el hecho de que la juventud de hoy, en el futuro no tendrá más remedio que pagar las enormes deudas del sistema político estadounidense de la actualidad; deudas de las que, no obstante, no son responsables. El estadista y activista francés Stéphane Hessel, pensando en problemas similares en Europa, realiza un llamamiento a la juventud para “indignarse” de forma pacífica. Hasta la fecha se han vendido tres millones de ejemplares de su libro.

Los estadounidenses con pocos ingresos han visto cómo sus sueldos se esfumaban, al tiempo que millones de ellos han perdido también sus casas, en un frenesí de créditos agresivos y banca sin escrúpulos que no tiene precedentes. Durante las décadas de 1990 y 2000, los barrios de clase baja (en especial los latinos) fueron castigados con hipotecas de altos tipos de interés, a pesar de que los prestamistas sabían que estas personas poseían escaso patrimonio con el que responder en situaciones difíciles, como la pérdida del trabajo por parte del cabeza de familia. Los agentes encargados de gestionar estos préstamos recibían su sueldo independientemente de si las hipotecas se acababan pagando o no. Después, estas hipotecas tan mal diseñadas fueron agrupadas mediante ingeniería financiera y vendidas en los mercados a: instituciones públicas, fondos de pensiones y otras organizaciones que confían en las agencias de calificación (como Moodys o Standard and Poors) para estimar la fiabilidad de sus inversiones. ¡El problema es que los grandes bancos pagan a las agencias de calificación por sus análisis! El crash llegó en 2008. Bush y Obama salvaron a los enormes bancos caídos con el famoso rescate. Pero la convulsión económica todavía sigue: gente que se queda sin casa, sin trabajo y sin ingresos, y debe sobrevivir con subsidios sociales cada vez más escasos.

Millones de estadounidenses se preguntan: “¿Dónde está el rescate para nosotros?”. Grupos de jóvenes, sindicatos, pacifistas, ecologistas, trabajadores de clase media, asociaciones de vecinos, estudiantes, intelectuales, periodistas, pequeños empresarios y artistas; todos han descubierto su propia voz y llevan ocupando Wall Street, el corazón financiero de EEUU, desde hace tres semanas. Estos ocupantes están organizados en grupos de trabajo de financiación, economía, comunicación, internet, limpieza, atención médica, acción directa y comida (además de publicar el “Occupied Wall Street Journal”, el “Diario del Wall Street Ocupado”). Ciudadanos de a pie les dan alimentos y apoyo de muchos tipos. Y ya hay acampadas similares en multitud de distritos financieros del país.

El pasado fin de semana, se produjo uno de las mayores detenciones en masa de la historia de los EEUU, con el arresto por parte de la policía de Nueva York de 700 manifestantes pacíficos que realizaban una marcha solidaria cruzando el puente de Brooklyn:

(Photo: Jessica Rinaldi/Reuters)

El miércoles 5 de octubre, el dúo de hip-hop “Rebel Diaz” relató la situación mediante un rap grabado en directo cerca de Wall Street y disponible en Youtube.

De la misma forma que las protestas contra la guerra de Vietnam en los años 1960 y 1970, las protestas de los estadounidenses este otoño en las calles aglutinan distintos sectores sociales. En sus primeros momentos, que actualmente presenciamos, muchos analistas de los principales medios de comunicación les restan importancia alegando que no parecen tener un mensaje claro o unificado. Mientras tanto, la respuesta oficial en las ciudades es bastante distinta. Por ejemplo, en Nueva York, la policía del alcalde Bloomberg ha detenido a cientos de personas y apaleado a gente que se manifestaba de forma pacífica mientras los impregnaban con gas pimienta. En Boston, por contra, la policía del alcalde Menino ha sido más tolerante a la hora de lidiar con este movimiento pacífico. Después de todo, las ciudades estadounidenses están atadas económicamente porque el presupuesto para policías, bomberos y ambulancias se está recortando en todas partes debido a la bajada en los ingresos por impuestos que la recesión provoca. Será interesante ver cómo estos funcionarios en la encrucijada se comportarán en el caso de que las protestas aumenten y se extiendan a más ciudades. Los manifestantes también quieren proteger los puestos de trabajo y los sueldos de los funcionarios cuya responsabilidad es disuadir a los primeros.

Quizás este resurgir en las calles pueda llevar a un optimismo infundado. Quedan muchas preguntas por responder: ¿adónde irá este nuevo movimiento? ¿Cómo puede la gente mayor apoyar a esos jóvenes listos, creativos y entusiastas que están viendo en los periódicos y (¡por fin!) en las televisiones privadas? ¿Cómo podemos romper la inercia de los republicanos y los demócratas en Washington y parar los flujos de dinero que corrompen el sistema político, a través de un movimiento callejero que hasta el momento no se ha puesto de acuerdo en cuáles son sus reclamaciones? ¿Cómo podemos librarnos de las agencias de calificación y mantener a raya los excesos de los bancos que son demasiado grandes para caer? ¿Cuál es la relación entre lo que está ocurriendo en las calles y el, esperado por muchos, impulso para llevar EEUU a un camino mejor?

A pesar de todo, en estos oscuros días de la gran recesión, estoy verdaderamente conmovido. Hay signos de un movimiento de protesta elaborado, pacífico, iniciado por la juventud y presente en las calles estadounidenses. Y no cabe duda de que es un hecho reseñable.

Biorn Maybury-Lewis

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La paradoja de los jóvenes desempleados


Tengo la impresión de que en la actual crisis económica se da, entre los jóvenes de nuestra generación, una paradoja antes nunca vista.

En primer lugar, puesto que la actividad económica ha dado un frenazo, no hay suficientes puestos de trabajo para los jóvenes que queremos trabajar. Pero, al mismo tiempo, nuestra generación está mejor formada y aspira a tener puestos de más cualificación que los pocos que las empresas están dispuestos a ofrecer en la actualidad. Esperamos trabajar en puestos que requieren mejor cualificación que los que hay disponibles; además del hecho de que muchos esperamos compartir los valores y la visión del mundo de quien nos emplea. De modo que ni las empresas nos quieren, ni nosotros queremos lo que las empresas estarían dispuestas a ofrecernos.

 

Personalmente creo que la única forma de solventar esta discrepancia es que nosotros, los jóvenes, potenciales empleados de empresas, tomemos la iniciativa de participar activamente de nuestra economía: creando empresas que estén de acuerdo con nuestros valores, con nuestra forma de vivir, y con cómo queremos nosotros que sea el mundo.

A menudo me hago una lista mental de condiciones, de “cómo quiero yo que sea mi empresa”; “a qué tipo de mundo quiero que contribuya”. Me gustaría compartir esa lista para ver qué piensan otros. Sería más o menos así:

  • Quiero que uno de los grandes objetivos de mi empresa sea que su actividad mejore el mundo que nos rodea. Que con lo que hago esté haciendo más felices a los demás. Este es claramente irrenunciable.
  • El grueso de la actividad económica actual busca crear nuevos mercados: esto es, crear nuevas necesidades que se puedan cubrir mediante dicha actividad. ¿Por qué estamos creando nuevas necesidades si ya existen tantas en el mundo que no estamos cubriendo? Así, otra condición sería que responda a necesidades humanas ya existentes en lugar de crear otras nuevas.
  • Creo en el ecologismo y en la economía verde, por tanto el objetivo es que la actividad no tenga externalidades negativas para el medio ambiente; y a ser posible, que tenga externalidades positivas.
  • Creo también firmemente que la creación de riqueza y valor añadido, los principios de gestión que postulan que una empresa debe siempre buscar la rentabilidad, son necesarios para que la actividad sea sostenible. Quiero que mi empresa tenga también como objetivo ganar dinero.
  • Quiero pasármelo bien. Aspiro a ser dichoso en mi actividad y a disfrutar de ella.
  • Y por último, quiero trabajar en condiciones que me permitan desarrollarme personalmente. No sólo desde el plano intelectual, sino también físico: estar 8 horas al día sentado frente a una pantalla tecleando deja completamente de lado el hecho de que soy una mente con un cuerpo, y que necesito moverme.

 

Cuando veo todas las condiciones que pongo, no me cuesta comprender por qué me es difícil encontrar una empresa en la que me satisfaga trabajar.

Muchos dirán que sencillamente ese tipo de actividad no existe. Exactamente, a eso es a lo que quiero llegar. Si es verdad que no existe, inventémosla. Nosotros, la gente joven, quienes tenemos suficiente imaginación e ímpetu para hacer realidad algo así.

Para dejar de rebajarnos como personas por lograr trabajar con quien en realidad ni siquiera queremos trabajar.

Quien tenga pensamientos o ideas al respecto, estaré encantado de leerlos.

Patrick Suárez

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