La juventud neoyorquina se hace visible en la ocupación de Wall Street


Hasta ahora Estados Unidos era un gigante dormido, pero lo que viene ocurriendo recientemente en sus calles es señal de que el país puede estar despertando. La Primavera Árabe, las atrocidades en Siria y Bahrein, los disturbios en las ciudades francesas y en Londres, los desastres económicos en Grecia y otros países del sur de Europa, las amenazas a la Eurozona; y las sangrientas guerras en Afganistán e Irak, todavía activas… los estadounidenses han sido testigos de todo esto en sus casas, por la tele. Cada persona, cada familia, en aparente aislamiento de los demás.

Pero ya no. Ahora todo el mundo sabe que el salario real de la clase media estadounidense no ha aumentado en los últimos treinta años; que los pobres son cada vez más pobres y que el nivel de pobreza en el país está en niveles históricos; que los demócratas y los republicanos están en manos de quienes se han hecho extremadamente ricos en las últimas tres décadas, paralizando el sistema político con lo que se conoce en los EEUU como “intereses políticos especiales”.

Más allá de esto, la gran recesión está teniendo efectos especialmente crueles sobre la juventud estadounidense. Los jóvenes del país tienen un futuro laboral incierto, incluso si han sido suficientemente afortunados para tener una educación digna. El precio de la educación se ha elevado a tal punto que los jóvenes apenas pueden pagar las deudas que se ven obligados a contraer para poder estudiar. A esto hay que sumarle el hecho de que la juventud de hoy, en el futuro no tendrá más remedio que pagar las enormes deudas del sistema político estadounidense de la actualidad; deudas de las que, no obstante, no son responsables. El estadista y activista francés Stéphane Hessel, pensando en problemas similares en Europa, realiza un llamamiento a la juventud para “indignarse” de forma pacífica. Hasta la fecha se han vendido tres millones de ejemplares de su libro.

Los estadounidenses con pocos ingresos han visto cómo sus sueldos se esfumaban, al tiempo que millones de ellos han perdido también sus casas, en un frenesí de créditos agresivos y banca sin escrúpulos que no tiene precedentes. Durante las décadas de 1990 y 2000, los barrios de clase baja (en especial los latinos) fueron castigados con hipotecas de altos tipos de interés, a pesar de que los prestamistas sabían que estas personas poseían escaso patrimonio con el que responder en situaciones difíciles, como la pérdida del trabajo por parte del cabeza de familia. Los agentes encargados de gestionar estos préstamos recibían su sueldo independientemente de si las hipotecas se acababan pagando o no. Después, estas hipotecas tan mal diseñadas fueron agrupadas mediante ingeniería financiera y vendidas en los mercados a: instituciones públicas, fondos de pensiones y otras organizaciones que confían en las agencias de calificación (como Moodys o Standard and Poors) para estimar la fiabilidad de sus inversiones. ¡El problema es que los grandes bancos pagan a las agencias de calificación por sus análisis! El crash llegó en 2008. Bush y Obama salvaron a los enormes bancos caídos con el famoso rescate. Pero la convulsión económica todavía sigue: gente que se queda sin casa, sin trabajo y sin ingresos, y debe sobrevivir con subsidios sociales cada vez más escasos.

Millones de estadounidenses se preguntan: “¿Dónde está el rescate para nosotros?”. Grupos de jóvenes, sindicatos, pacifistas, ecologistas, trabajadores de clase media, asociaciones de vecinos, estudiantes, intelectuales, periodistas, pequeños empresarios y artistas; todos han descubierto su propia voz y llevan ocupando Wall Street, el corazón financiero de EEUU, desde hace tres semanas. Estos ocupantes están organizados en grupos de trabajo de financiación, economía, comunicación, internet, limpieza, atención médica, acción directa y comida (además de publicar el “Occupied Wall Street Journal”, el “Diario del Wall Street Ocupado”). Ciudadanos de a pie les dan alimentos y apoyo de muchos tipos. Y ya hay acampadas similares en multitud de distritos financieros del país.

El pasado fin de semana, se produjo uno de las mayores detenciones en masa de la historia de los EEUU, con el arresto por parte de la policía de Nueva York de 700 manifestantes pacíficos que realizaban una marcha solidaria cruzando el puente de Brooklyn:

(Photo: Jessica Rinaldi/Reuters)

El miércoles 5 de octubre, el dúo de hip-hop “Rebel Diaz” relató la situación mediante un rap grabado en directo cerca de Wall Street y disponible en Youtube.

De la misma forma que las protestas contra la guerra de Vietnam en los años 1960 y 1970, las protestas de los estadounidenses este otoño en las calles aglutinan distintos sectores sociales. En sus primeros momentos, que actualmente presenciamos, muchos analistas de los principales medios de comunicación les restan importancia alegando que no parecen tener un mensaje claro o unificado. Mientras tanto, la respuesta oficial en las ciudades es bastante distinta. Por ejemplo, en Nueva York, la policía del alcalde Bloomberg ha detenido a cientos de personas y apaleado a gente que se manifestaba de forma pacífica mientras los impregnaban con gas pimienta. En Boston, por contra, la policía del alcalde Menino ha sido más tolerante a la hora de lidiar con este movimiento pacífico. Después de todo, las ciudades estadounidenses están atadas económicamente porque el presupuesto para policías, bomberos y ambulancias se está recortando en todas partes debido a la bajada en los ingresos por impuestos que la recesión provoca. Será interesante ver cómo estos funcionarios en la encrucijada se comportarán en el caso de que las protestas aumenten y se extiendan a más ciudades. Los manifestantes también quieren proteger los puestos de trabajo y los sueldos de los funcionarios cuya responsabilidad es disuadir a los primeros.

Quizás este resurgir en las calles pueda llevar a un optimismo infundado. Quedan muchas preguntas por responder: ¿adónde irá este nuevo movimiento? ¿Cómo puede la gente mayor apoyar a esos jóvenes listos, creativos y entusiastas que están viendo en los periódicos y (¡por fin!) en las televisiones privadas? ¿Cómo podemos romper la inercia de los republicanos y los demócratas en Washington y parar los flujos de dinero que corrompen el sistema político, a través de un movimiento callejero que hasta el momento no se ha puesto de acuerdo en cuáles son sus reclamaciones? ¿Cómo podemos librarnos de las agencias de calificación y mantener a raya los excesos de los bancos que son demasiado grandes para caer? ¿Cuál es la relación entre lo que está ocurriendo en las calles y el, esperado por muchos, impulso para llevar EEUU a un camino mejor?

A pesar de todo, en estos oscuros días de la gran recesión, estoy verdaderamente conmovido. Hay signos de un movimiento de protesta elaborado, pacífico, iniciado por la juventud y presente en las calles estadounidenses. Y no cabe duda de que es un hecho reseñable.

Biorn Maybury-Lewis

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