Generación Treinta Años


Ella, nació después de la guerra fría y la liberalización de las costumbres, vió la tierra del espacio, ella sabe de la fragilidad del planeta, ha sido instruida más ampliamente, navega en la globalización virtual, sabe cuántos humanos desesperadamente son pobres y otros infinitamente ricos, ve que el sistema económico se asfixia de crisis en crisis y padece de eso, pero cree que la sociedad puede ser más democrática y la generosidad eficaz.

La vemos por todas partes reunirse para hacer moverse sociedades que se rompen en sus esclerosis viejas, arrastrando a padres y madres en su deseo de otro mundo. Tomó la palabra.

¿Quién escucha el mensaje?

¿La sordera de los hombres (y algunas mujeres?) de poder parecerse a los tres monos célebres que se taponan los oídos, los ojos, la boca. ¡Pero no ver nada, no oír nada, no decir nada es una sabiduría para aquellos qué dirigen, es un signo de inconsciencia, es bailar cuando fluye Titanic!

La generación treinta años, si no tiene las soluciones, plantea el verdadero problema: cambiamos de mundo. Los modelos del último siglo se sofocan y algunos llegaron al cabo de toda lógica cuando mil millones de dólares desaparecen en un nano segundo sin control, cuando millares de vidas son mutiladas por un Consejo de administración sentado en la cumbre de una torre, cuando millones de hectáreas se desertifican en algunos meses, cuando el país que hizo pensar en el mundo es visto sólo como un nada importante.

¿Quién reinventa el mundo?

¿Dónde están los intelectuales, los que antaño convencieron de la necesidad de instruir, de la fuerza de un derecho para todos y todas, el tamaño de instituciones mundiales? ¿Y si no había más intelectuales solitarios a voz fuerte, sino una inteligencia colectiva que desfila en las calles, acampa sobre las plazas, abiertamente debate, a la escucha del mundo, los ojos abiertos?

Entonces hay que ayudar a edificar el nuevo mundo, las nuevas fronteras, las estructuras nuevas, las artes desconocidas que nacen de grandes trastornos. Qué se tranquilice, mis setenta años no padecen de juventud senil. Pero si creo en la empresa de Indaba, es porque por todas partes hay que hacer aumentar la mancha de aceite, para que lo que se inventa se difunda y se reparta, y, eventualmente, para que mis congéneres (y los generaciones siguientes) amplíen la voz de la “generación treinta años ” que divisa otro mundo en la indiferencia de los poderosos y a veces bajo los golpes del nervios.

¡Oh, los treintañales, aullé todavía mucho más! A veces mi voz se sofoca…

Michel Seyrat

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